Sepsis: lo que todo médico general debe saber (y no puede permitirse olvidar)

Artículo de opinión escrito por la Dra. Sophia Selene Torres Valdez. Médico Especialista en medicina del enfermo en estado crítico. Médico especialista en urgencias médico-quirúrgicas. Directora general de las unidades médicas FEMAP en Cd. Juarez, Chihuahua.

Hay enfermedades que matan por lo agresivas que son. La sepsis mata, sobre todo, por lo silenciosa que puede ser al inicio y por lo poco que a veces confiamos en nuestra propia sospecha clínica. No es una enfermedad exótica ni reservada a la terapia intensiva: es una urgencia que se presenta, la mayoría de las veces, en el primer contacto, ósea en el consultorio de medicina general, en el triage de urgencias, es la consulta que parecía “solo una infección de vías urinarias”.

Como intensivista, he visto varias veces ya, repetirse la misma historia: pacientes que llegan a terapia no porque la sepsis fuera imposible de detectar, sino porque el reloj empezó a correr antes de que alguien la nombrara. Por eso insisto en algo que no es una consigna académica, sino una convicción clínica: la sepsis se gana o se pierde en la primera hora, y esa hora casi nunca ocurre frente a un intensivista.

Sospechar antes de confirmar

La sepsis no es una enfermedad de laboratorio, es una enfermedad de cabecera, se presenta con cambios en los signos vitales. Esperar el resultado de una biometría o un lactato para “confirmar” lo que la clínica ya está gritando es la forma más común de perder tiempo valioso. Un paciente con fiebre, taquicárdico, con alteración del estado de alerta, hipotenso o simplemente “que no se ve bien” para quien lo conoce, merece que el médico general se haga una pregunta incómoda y necesaria: ¿podría ser sepsis?

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Herramientas como el qSOFA (alteración del estado mental, frecuencia respiratoria ≥22, presión sistólica ≤100 mmHg) no sustituyen el juicio clínico, pero sí deben activar una alarma mental. Dos de tres criterios positivos no es un dato de laboratorio para archivar: es una llamada a actuar.

La hora dorada no es una metáfora

Cada hora de retraso en el inicio de antibióticos apropiados en sepsis se ha asociado, de forma consistente en la literatura, con mayor mortalidad. Esto no es alarmismo, es fisiología: mientras nosotros dudamos, el foco infeccioso avanza. El paquete de las medidas a realizar en la primera hora (en terapia intensiva le llamamos el bundle) es perfectamente aplicable, y necesario, en el primer nivel de atención:

• Medir lactato sérico y si se puede realizar hemocultivos antes de iniciar antibiótico, sin que esto retrase su administración más de lo estrictamente necesario.

• Iniciar antibiótico empírico de amplio espectro lo antes posible.

• Iniciar reanimación con cristaloides (habitualmente 30 mL/kg) si hay hipotensión o lactato elevado.

• Vigilar la respuesta y escalar el nivel de atención cuando la respuesta no sea la esperada.

Ninguna de estas acciones requiere un ventilador ni una cama de terapia intensiva. Requieren decisión.

El error más caro: esperar a que “se vea grave”

Muchos pacientes sépticos no se ven catastróficos en la primera valoración. La sepsis compensada, ese paciente taquicárdico pero “estable”, ese adulto mayor confuso pero afebril, esa paciente puérpera con dolor abdominal “normal para el posparto”, es la que más se nos escapa. El médico general no necesita ser un experto en medicina crítica; necesita permitirse pensar en sepsis incluso cuando el paciente todavía “camina y habla”.

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No estamos solos: la referencia oportuna también es tratamiento

Reconocer los límites del propio nivel de atención no es una debilidad clínica, es una competencia. Activar un traslado, llamar al hospital receptor, comunicar con claridad los signos de alarma y el tratamiento ya iniciado, son parte del bundle tanto como el antibiótico mismo. Un paciente séptico bien identificado y mal comunicado en su referencia pierde, otra vez, el tiempo que tanto costó ganar en el primer contacto.

Una cultura, no solo un protocolo

Los hospitales libres de infecciones no se construyen únicamente con protocolos de control de infecciones o vigilancia epidemiológica, sino también con una cultura clínica que reconozca la sepsis como la urgencia tiempo-dependiente que es, al mismo nivel que un infarto o un evento vascular cerebral. Eso empieza en la sala de espera, no en la unidad de cuidados intensivos.

La invitación, entonces, no es a memorizar una escala más. Es a cambiar una pregunta: dejar de preguntarnos “¿está lo suficientemente grave como para pensar en sepsis?” y empezar a preguntarnos “¿qué tan rápido puedo actuar si lo es?”.

Esa hora, la primera, sigue siendo nuestra.

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